Como cada tarde Agustina se iba a dormir la siesta, pero no
se dormía hasta que la madre no le contara un cuento. La mamá ese día no estaba
y quien estaba a su cuidado era su padrino.
Hombre de poca imaginación y de poca habla. Trató de rebuscársela
para que la nena se duerma y no pudo. Hasta que se sentó frente a la cama y le
dijo.
Hace varios años existía
un hombre que era fuerte, que luchaba contra todos los males y trataba junto a
sus compañeros de derribar a su rival. Este hombre no era guerrero, tampoco superhéroe.
Simplemente era un jugador de fútbol amateur.
No usaba capa, pero se
vestía cada vez que salía a la cancha. Muchas veces se hacía cargo de problemas
de los compañeros para que las recriminaciones les llegaran a él. Cómo el
arquero era improvisado trataba de guiarlo desde su posición, muchas veces le
pedía, le rogaba y hasta le imploraba que en cada jugada lo puteara. Si, así
como te digo Agus, él pedía que lo puteara. Lo hacía para ganar minutos, para
perder tiempo, pero sobre todo para sacarle esa presión a ese arquero espontáneo.
Siempre quería ganar,
se daba por entero. También buscaba siempre la forma de sacar ventajas para
favorecer a su equipo. Si no tenía la posibilidad de luchar desde adentro del
campo de juego, él primeriaba a todos eligiendo el banco de suplentes. ¿Raro no?.
Pero él siempre tenía la mente en su equipo. No quería dejar nada librado al
azar. Te preguntarás que ventaja puede conseguir eligiendo el banco de
suplentes. Te cuento. Este hombre entraba a la cancha sin mirar a nadie y
encaraba para el banco de suplentes de la derecha, dejaba caer su bolso e
invitaba a sus compañeros a que se ubiquen en ese lugar. Porque por ese lugar,
porque delante de ese banco de suplentes iba caminar durante todo el partido el
árbitro asistente. Y entonces ahí le podía comer la cabeza durante los 90
minutos. Hasta en eso se fijaba, ¡mirá vos!.
-Pero Padri, ¿Quién es ese hombre?
El padrino enceguecido en su relato hizo esquivo el
comentario de Agustina y siguió con su relato.
Para colmo el partido
de afuera lo vivía a full. Pitaba el árbitro el arranque y el ya se paraba, no
podía quedarse sentado sin hacer nada. Entonces recorría todo el lateral gritándole
y dándole su apoyo a sus compañeros que estaban adentro del campo.
Este mismo hombre
nunca fue un dotado con la pelota, pero casi todos se acuerdan de él. Hay pocos
rivales que no recuerden su cara. Cuando llegó a Malvinas, el entonces capitán
lo miró y le dijo, a vos te tengo, te veo cara conocida. Y este hombre riéndose
le dijo “alguna patadita te habré dado”. Y también jugadores que se fueron sumando
al equipo lo señalaban y decían “a esté le veo cara conocida”. Ese simple reconocimiento
a él lo hacia feliz, ese comentario lo hacia sonreír.
Volvió a interrumpir la nena –Pero ¿cómo se llama?.
Con la voz temblando le dijo –Ya termino el cuento,
escuchame hasta el final. Ya te digo. Y prosiguió.
En el último tiempo se
sintió corrido, sus ganas de estar eran más fuertes día a día. La poca
continuidad de juego le hizo cambiar el rumbo. Tomó una de las decisiones más difíciles
de su vida y resolvió dar un paso al costado. Hoy está esperando que otra vez
el fútbol le de esa arma extra que lo hace todopoderoso. Que lo hace sentir un
nene otra vez. Esa energía que lo hace el hombre más feliz de la tierra.
El padrino ya con lágrimas en los ojos iba dándole final a
ese cuento que acababa de improvisar.
Ese hombre Agus, dejó
atrás a un grupo de hombres que lo hizo sentir importante, que lo hizo sentir
compañero, lo hizo sentir amigo. Dejó un
puño cerrado para que pegue bien fuerte.
Sus lágrimas no lo dejaron continuar. La nena se acercó, le
limpió la mejilla. y le dijo –No me digas como se llama, le voy a poner tu
nombre.
En ese momento el padrino, Gabriel, se paró y se fue al baño a lavarse la cara.