Comienza el partido y ahí está, parado solo, detrás de todo el equipo, condenado a esperar dentro del área a que la pelota llegue y pueda participar del juego. Solitario espera su momento para intervenir y hacer lo que su puesto le demanda: Evitar el gol! Evitar eso que le da felicidad a tantos, ahogar el grito de emoción de muchos y negar el objetivo principal del fútbol. Sí, ahí está el arquero, concentrado al máximo porque un error suyo puede significar la derrota de su equipo.
Muy pocos quieren jugar en esa posición. Normalmente en los potreros, canchas de barrio y calles de ciudades, siempre el condenado a estar bajo los 3 palos es el que no juega tan bien, el más gordo, o sencillamente, el que si quiere jugar lo debe hacer ahí, para no quedarse sentado a lado de la cancha. Muy pocos quieren estar ahí por voluntad propia. Muy pocos quieren cargar con semejante responsabilidad. Y es que él es el único del equipo sin opción de equivocarse, es él quien debe jugar bien los 90 minutos del encuentro.
Sigue ahí, parado solo, preparado para enfrentar la pérdida del balón de su defensor, listo para achicar la escapada del delantero contrario, ubicado para acomodar la barrera sin regalar espacio, concentrado para no perder la salida a cortar el centro, arriesgado para detener el remate del delantero y resignado a pagar la condena de un penal cometido por otro. Y es que así es la vida del arquero, culpable de los goles contrarios, porque siempre hubiese podido hacer más y alejado de los propios.
Termina el partido y él sigue ahí, parado solo dentro de su jaula invisible, opacado y triste por el gol recibido, juzgado y chiflado por las decisiones tomadas, ese único error que le costó el partido al equipo. Pero, preparado para sacar la cara por su equipo la próxima fecha. Ingrata posición que pocos queremos, pero que cuando encontramos al que la quiere, no lo debemos dejar ir.
By José Cortes