Él juega de 9.
Él disfruta del gol. Pero como alguna vez la lluvia para, a este delantero la pólvora se
le mojó.
Se le notaba en
la cara, congoja y desconsuelo. Ya los partidos no los disfrutaba. Su equipo
podía ganar, perder o empatar, pero la alegría no se presentaba.
Dejó de ir
algunos partidos, pero la tristeza fue aún peor. Decidió volver. Habló con el
técnico y volvió a la titularidad. El Dt, de gran inteligencia y varios años,
le propuso que se retrasara un poco en el campo de juego. Le dio la opción de
jugar como segunda punta. Lo terminó
poniendo de enlace. El viejo sabio, pensó que si jugaba un poco alejado
del arco rival se olvidaría un poco de la urgencia por convertir. A su vez
miraría el partido desde otro ángulo.
Por unos minutos
al 9 le volvió la sonrisa, gran pase en profundidad para que el volante
definiera a la derecha del palo del arquero. Se abrazó con su compañero y
festejó esa asistencia como un gol propio.
Los partidos
pasaron y el ahora enganche se empezó a enfadar. El enojo se presentó
nuevamente, y obviamente era porque no podía festejar un propio gol.
Empezó a
enojarse con sus compañeros y hasta con el técnico. Pensó dejar para siempre el
fútbol, insinuaba que ya no gozaba de jugar. Contaba que no disfrutaba como
antes. Los más cercanos le demostraban con palabras y con hechos lo importante
que era para el equipo. Le recordaban que era el goleador histórico del equipo.
Le pedían simplemente que no se caiga.
Lo convencieron
para que juegue hasta el final del torneo. Y justamente en la última fecha pudo
mojar. Ya no importaba el pasado, solo ese instante hermoso que solo un 9 puede
sentir. Ese momento único donde se siente todopoderoso. Ese período donde el
grito de guerra del equipo se unifica en una sola palabra, GOL. Porque ese gol
al 9 lo hace sonreír.
QF

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